Crónica a propósito del Premio Nacional de Música a Silvio Rodríguez

Por Isabel Moya

Estremecido por un montón de mujeres, mujeres de fuego, mujeres de nieve, el trovador tomó la guitarra. Le cantó a la muchacha que en la Habana de los 60 recortaba su falda y salía libre a amar; le reprochó a la que necesitaba cintas y lazos y un contrato para ser feliz; bendijo la piel de aceituna que de tres a seis de la tarde lo arropaba con su calor; alabó a una nueva Eva que ha dejado de ser costilla y la paridora pagada con pan; se condolió de la muchacha que perdió camino y se alejó del Morro.

Reconoció que solo pensando en el beso de su amada, volando a su lado podía cantarle a la patria, alzar la bandera, sumarse a la plaza; proclamó que en estos días no sale el sol sino el nombre de una mujer con sombrero como un cuadro del viejo Chagall; y nos alertó sobre el ángel que abraza anunciando el final.

Los críticos hablarán de su peculiar manera de tocar la guitarra, de los arreglos de Frank Fernández, de sus incursiones con diferentes formatos musicales desde una orquesta sinfónica hasta una banda de salsa, se referirán a las influencias de la guajira, el rock, el feeling, la trova tradicional, señalarán la calidad de sus versos, lo prolífico de un repertorio de más de 2000 canciones.

Pero para mí, que he amado y sufrido acompañada de Silvio, que me he refugiado en los acordes rasgados de su guitarra, que he encontrado en sus palabras mis palabras, que he acunado a mi hija con sus canciones, el trovador es el cantor de las mujeres soles. Ese montón de mujeres que vivieron antes que yo, que viven en mí, en mi sangre y mi memoria y que se proyectan en el futuro en que seremos un tilín mejores, y mucho menos egoístas.